El desordenado
Hay personas que nunca terminan las cosas. Empiezan una, la interrumpen para empezar otra y luego otra. Después, necesitan que todas estas “cosas por hacer” queden siempre a la vista, a mano. Ocupan espacio y los demás no pueden tocarlas porque, al no conocerlas, las colocarían en otro lugar y ellos no las encontrarían más. Sus casas, sus oficinas se convierten en depósitos de trámites incompletos, todos a la vista. Una especie de laberinto en el cual no puede entrar nadie.
Las otras personas que viven en el mismo espacio se sienten incómodas, están desorientadas porque se tienen que mover como intrusos. Si tocan algo para ayudar, el otro protesta. Tengamos presente que la persona desordenada, en general, no es una persona tranquila. Se mueve de manera torpe, agitada, frenética. Constantemente da la impresión de tener mucho que hacer, de estar ahogada por el trabajo. Los demás quedan impresionados por su extraordinaria actividad, algunas veces admirados por su resistencia física. Se sienten culpables por haberla molestado, por haberle creado otra dificultad. Entonces retroceden, no interfieren, se retiran a un espacio pequeño.
La persona que no termina nunca las cosas crea a su alrededor el caos y, en ese caos, se orienta sólo ella. Nadie puede ayudarla. Nadie, por esto, puede ser realmente útil, importante fuera de ella. Sólo ella sabe moverse en su territorio sin crear desastres. Sólo ella puede tomar las decisiones, aun las decisiones mínimas. El que no termina nunca las cosas concentra todo el poder en sus manos.
Esto sucede en todos los niveles. En casa, en donde la mujer crea un orden misterioso y provisorio en el cual nadie entiende nada porque cambia constantemente las cosas de lugar. El marido, los hijos, la empleada doméstica no pueden hacer nada sin ser reprendidos. Es la forma más simple de despotismo doméstico.
Pero sucede también en las oficinas. Es el caso de la secretaria omnipotente que guarda los expedientes de acuerdo con un orden personal incomprensible para los demás, particularmente para su jefe. Nadie se puede orientar en ese laberinto. Es necesario que ella esté siempre. De esta manera se vuelve indispensable, insustituible.
Hay dirigentes que no establecen nunca con claridad cómo hay que proceder. Llegan a la oficina a distintas horas, convocan a las reuniones sin previo aviso, a horas extrañas, a veces de noche. El que no está informado queda excluido de las decisiones, pero sin un procedimiento formal, de hecho. Todos viven en la mayor incertidumbre, aunque el dirigente sea cordial y se comporte de manera amigable. Detrás de la aparente cordialidad estos dirigentes son, en realidad, déspotas, concentradores de poder. Con su desorden excluyen a todos sus colaboradores de las decisiones y los vuelven simples ejecutores.
“Ordenado” significa que es comprensible para los demás, que puede ser llevado a cabo por otros. Desordenado es aquello que resulta incomprensible para los demás, aquello que nadie puede recorrer.
La complejidad no interviene. Cualquiera que sea el grado de complejidad, si el sistema es ordenado siempre hay un procedimiento seguro para llegar a la solución, un camino que todos pueden recorrer. Las personas que nunca terminan las cosas, las personas desordenadas, monopolizan el poder, excluyen a todos los demás del poder de decisión.
Probablemente el modo mejor de decidir es el de los japoneses. Participan todos aquellos que están implicados luego en la ejecución. Aunque el jefe tenga ya una idea, quiere que la decisión se obtenga en forma colectiva, con el consenso de todos. Al final todos han entendido perfectamente, todos están de acuerdo, y la ejecución es muy rápida. Todos, además, son remplazables.
En el lugar opuesto está la burocracia. Allí la decisión debe ser tomada en los “lugares competentes” y el resto funciona como un enorme aparato ejecutor. Pero el burócrata, excluido de la toma de decisión, ejercita su poder moviéndose en un laberinto conocido sólo por él.
También en este caso, el molesto conjunto de cosas incompletas, el laberinto de expedientes en suspenso, el desorden que deriva del retraso, se transforma en poder para el que se encuentra en el centro de la red. Es éste uno de los motivos por el cual, en estas administraciones, se acumulan los retrasos. Exactamente como en el caso de la persona que no termina nunca las cosas, la jungla de los retrasos, la estratificación del pasado, el desorden son la condición para el ejercicio de un poder personal arbitrario.
Las personas, los dirigentes, las oficinas, las administraciones en las cuales no se terminan nunca las cosas deben ser mirados con sospecha. Hay siempre alguien que saca ventaja de este estado de cosas y se aprovecha en perjuicio nuestro.









