El peso de la gratitud

El peso de la gratitud
En el Paraíso perdido, de Milton, Satanás explica su rebelión contra Dios diciendo que no lograba soportar el peso insoportable de la gratitud. Cada uno de nosotros habrá observado que, con frecuencia, son las personas a las que hemos tratado mejor, con más generosidad, desinteresadamente, las que más nos reprenden y nos acusan.
Hagamos un experimento mental. Imaginemos que somos muy ricos y que caminamos por un barrio muy pobre. Elegimos un muchacho al azar y lo hacemos estudiar, ayudamos a sus padres, le compramos motocicletas, coches, lo favorecemos de todas las formas posibles en su carrera. Y no le damos las cosas cada vez que se las merece, sino sólo por generosidad, pura y simple. ¿Cuál creéis que habrá sido el resultado? Un desastre. Porque el muchacho no logra establecer la relación entre lo que hace y lo que recibe. Después de un tiempo se comportará como si tuviese derecho a todas las cosas.
Actuando de esta manera, no hemos tenido en cuenta una regla fundamental en cualquier relación educativa. No hay que dar nunca nada que el otro no haya merecido.
Nuestros deseos tienden a crecer en forma ilimitada. Nosotros aprendemos a frenarlo únicamente superando obstáculos, pruebas. Estas son las que nos dan el sentido del valor. El valor de un objeto está fundado en el merecimiento con el que lo hemos conseguido. Todas las familias de sólida tradición burguesa acostumbran a los niños y a los jóvenes a la moderación y nos enseñan que para tener una cosa la tienen que merecer.
En cambio el pobre que gana la lotería, casi siempre, en poco tiempo, dilapida todo. Pero también en los matrimonios ocurre lo mismo. A hombres ricos y famosos (y a actores célebres) les ha
ocurrido que se han casado con una muchacha pobre y desconocida. Ellos imaginan que, acostumbrada a la pobreza, seguirá siendo una persona humilde, modesta, moderada. Aun más, que les quedaría agradecida por haberla elevado tanto. Por el contrario, frecuentemente, en estos matrimonios la persona pobre en poco tiempo se pone a gastar enloquecida y no entiende razones.
Si el marido se opone, pide el divorcio, le devora enormes sumas en concepto de alimentos y él puede dar gracias al Cielo si luego ella no le vende a una revista de escándalos la historia de su vida arruinada por un hombre cínico y cruel.
El error, la inmoralidad no residen sólo en la persona que es tan descaradamente desagradecida. El error es también de la persona que da sencillamente en base a impulsos emotivos, al simple placer de dar.
Esta no es una crítica a la generosidad, al amor. No existe nada más hermoso en el mundo que el altruismo. Y no hay nada más miserable que una persona ávida, avara, rapaz. Pero no hay que confundir generosidad con prodigalidad, que es que uno gaste y dé sin razón y sin justicia. El pródigo no se preocupa verdaderamente por el bien de los otros, del real efecto benéfico de sus acciones. Encuentra placer en el dar, en la admiración que suscita.
A menudo los pródigos son personas que han ganado el dinero con facilidad, con astucia, con engaños, con un juego arriesgado. Y que no tienen por lo tanto clara la relación entre mérito y valor. Con frecuencia se rodean de cortesanos, de bufones, de personas que viven de su prodigalidad. Personas a las que llenan de favores, pero que no estiman, que tratan mal porque las desprecian. Y no se dan cuenta de que éstos, sintiéndose constantemente humillados, aplastados, ofendidos por su ostentación, incuban un profundo resentimiento, un rencor, un odio que se manifestará apenas puedan hacerlo.
La verdadera, profunda gratitud, la gratitud como virtud, está fundada en la generosidad y en la justicia. El que es generoso con justicia debe preocuparse realmente por el bien del otro. Y el que recibe con justicia queda libre. ¡Es tan difícil que la gente sea objetiva con nosotros, que comprenda nuestras necesidades, que aprecie lo que hacemos! Esto es lo que les pedimos a los otros. Y el que nos da esto con generosidad, es entonces nuestro verdadero benefactor.