El que molesta
Aun el más grande de los cantantes, el más experto de los conferencistas, el actor más consumado, se turban y molestan cuando algún espectador de las primeras filas se muestra distraído, bosteza, muestra señales de desaprobación o simplemente no reacciona, se queda impasible, con cara de piedra. Cuando lo miran se quedan como hipnotizados y se olvidan de todos los otros presentes que reciben su canto o sus palabras. Querrían a toda costa obtener también su aprobación, su consenso, su aplauso. En ese momento es .como si él fuese la única persona que importa. ¿Por qué?
El actor, el cantante, en el momento en que suben al escenario, se someten al juicio del público y nadie, absolutamente nadie, está completamente seguro de sí mismo. Aun el mejor, aun el más famoso tiene miedo de equivocarse, de no estar a la altura de las circunstancias. Tiene miedo de perder, en un instante, ese consenso que ha recibido por tanto tiempo. En ese momento, incluso, está sumido en la duda, no sabe ya ver- ? si lo ha merecido verdaderamente. La respuesta llega sólo al final, con el estruendo de los aplausos. Sólo el aplauso unánime disuelve la duda y le hace decir ” también esta noche lo he conseguido”.
La persona que bosteza en la primera fila representa por lo tanto la encarnación de la duda que ha quedado siempre en el fondo de su cerebro. Se lo recuerda en el momento más peligroso, y puede con su gesto contagiar a los otros. Aun más, es el líder potencial de una sublevación en su contra. Por esto él está obligado a combatirlo, a aceptar el desafío.
Hay muchas personas que se aprovechan de esta debilidad del personaje público y la utilizan en beneficio propio. Se ponen en una posición en la que pueden ser vistos y demuestran la más
absoluta indiferencia o el más evidente desagrado. Otros expresan su disenso, inician una discusión. El se empeña en contestar, y así les da crédito, importancia. Los periodistas jóvenes, los críticos jóvenes, los políticos jóvenes a menudo logran popularidad de este modo, atacando, en forma desleal, a una persona importante. El asunto, las ideas, son sólo un pretexto.
Pero este mecanismo tiene una importancia notable también en el plano erótico. Se ha observado que muchos playboys célebres, muchísimos hombres apuestos tienen mujeres feúchas, aunque vivaces. Acostumbrados a ser el centro de una nube de mujeres que los adoran, terminan por fijar su atención en aquella que ostensivamente se ha mostrado indiferente a su fascinación o que les ha hecho frente en forma más radical.
La técnica de la indiferencia o del enfrentamiento está muy difundida. Es suficiente que haya alguien que quiere quedar bien, para que del otro lado exista alguien que se divierte en no darle el gusto, en obstaculizarlo. Hay parejas en las que el marido trabaja como un loco, es incansable, gentil, pero está dominado por una mujer difícil, exigente, caprichosa. Y, por el contrario, mujeres equilibradas, deliciosas, tienen un marido difícil que, gracias a su mal carácter, logra hacer siempre lo que quiere. A veces es toda la familia la que está sujeta a un déspota caprichoso, a veces es una oficina que tiembla por los reproches de una empleada siempre insatisfecha.
El mecanismo es siempre el mismo. La persona mejor, más capaz, más famosa, en el fondo duda de sí misma. Las personas competitivas, los depredadores se dan cuenta de esta debilidad secreta y le tienden una trampa, la hacen sentir insegura, culpable. Poco a poco la devoran.









