El que no hace elogios

El que no hace elogios
Todos nosotros tenemos continuamente la necesidad de reconocimientos, de elogios. Los necesitamos como la comida y como el agua. Deben provenir solamente de personas que son importantes para nosotros o de instituciones designadas a tal efecto. El niño que va a la escuela quiere que la madre lo felicite, pero su aprobación no le alcanza, necesita el juicio del maestro.
Todos, cuando realizamos una obra, esperamos siempre el juicio de varias comisiones examinadoras, diferentes y frecuentemente en desacuerdo. Podemos poner todo nuestro empeño, realizar una tarea difícil, tener éxito, que todos nos aclamen, pero no aquellos que nos importan particularmente. Y éstos, al saberlo, nos niegan deliberadamente su aprobación, para hacernos sufrir, para tenernos en un puño, para vernos explotar de rabia o llorar impotentes.
Recuerdo el caso de un árbitro famoso, estimado por todos, pero que no lograba obtener un saludo agradable de su hijo. Este lo trataba ostensivamente mal y él no lograba entender por qué. Me acuerdo también de un empresario extraordinario que había instalado fábricas en todo el mundo y se había hecho construir una hermosa casa donde hubiera querido recibir a sus colegas empresarios, a artistas, a intelectuales. No lo consiguió. Su mujer torturaba a los huéspedes con sus quejas. Se lamentaba de que él estaba siempre de viaje, que el clima era pésimo, lo desaprobaba continuamente.
El poder de dar reconocimientos y elogios es esencialmente un poder negativo, un poder para hacer sufrir. Se dan cuenta incluso los niños encaprichados. Cuando los padres esperan alegría, festejos, el niño llora, patalea, quiere alguna otra cosa, se empecina en portarse mal. Se da cuenta del desagrado, de la cólera
que provoca, pero esto es lo que está buscando. Todos hemos visto alguna vez a un niño que arruina deliberadamente una recepción a los padres o que vuelve desagradable el cumpleaños de la hermana.
Es increíble el abuso que todos hacemos de este poder: niños, adolescentes, adultos. Es increíble la cantidad de venganzas que ejercitamos de esta manera silenciosa, sin actuar, sin hacer nada. Es increíble la cantidad de sufrimientos inútiles que ocasionamos a los demás. Existen en nuestras escuelas muchos docentes que, en el curso de un año, no son capaces de felicitar por lo menos una vez a un niño que ha hecho grandes esfuerzos para mejorar y que está pendiente de sus palabras. Y están convencidos de que eso es rigor, seriedad, mientras que es solamente una forma de desahogar sus rencores contra uno más débil.
Existen dirigentes que tienen siempre el ceño fruncido, a los que nada les parece bien, que tienen a todos en un estado de profunda incertidumbre. Y se sienten poderosos, intocables, sublimes. Hay una ebriedad del abuso, del poder sin reglas, del arbitrio movido por la envidia.
Y hay también épocas desafortunadas en las que este tipo de maldad se acentúa, en las cuales todos se ponen a obstaculizar a aquellos que producen. Finalmente aun los mejores, frustrados, se rinden extenuados, no del trabajo, sino de las batallas estériles combatidas contra los envidiosos.