El que no termina las frases
Habrá notado usted que hay personas que nunca terminan una frase. La empiezan, parece que quieren comunicarnos algo y luego se interrumpen como si estuvieran pensando, como si estuvieran buscando una palabra. Mientras tanto hacen un gesto, se mueven, toman un objeto. Uno está atento, aguza los oídos, tal vez las sigue para escuchar mejor. Pero ellos permanecen callados. Luego, como si no hubiese pasado nada, empiezan otro período, comienzan otra frase. Y en un momento determinado se interrumpen otra vez, distraídos, y así sucesivamente. Es un comportamiento irritante que cansa y frustra al oyente.
He entendido su significado sólo noches pasadas mientras observaba, no recuerdo en qué canal de televisión, un encuentro de boxeo en el cual el comentarista deportivo hablaba más o menos así: “He aquí que el campeón avanza claramente con intención de… Combate como lo ha hecho el año pasado en Las Vegas cuando… Ocupa en forma estable el centro del ring desde donde… El arbitro interviene, pero a mí me parece…”.
Cada vez que daba una información elemental, luego parecía a punto de agregar otra más importante, más interesante. Uno tenía la impresión de que él sabía muchísimo, que podía contar quien sabe qué cosas. De este modo atraía la atención hacia sí mismo, hacia su capacidad, hacia su competencia, y obligaba a todos a prestarle atención, a esperar lo que estaba por decir. Aquellos que no terminan las oraciones lo hacen por este motivo. Para atraer la atención hacia su persona, para convertirse en el centro de la escena. Me viene a la memoria, por analogía, un comportamiento que he observado muchas veces en los camareros españoles. Son orgullosos, se avergüenzan de mostrarse atentos y deferentes con los clientes. Entonces pasan entre las mesas, altaneros, con poses de bailarines de flamenco. No les interesa servir bien, quieren mostrar su cuerpo, afirmar su propia importancia.
Las personas que no terminan las frases, sin embargo, quieren algo más. Quieren ocupar, colonizar la mente del otro. Se detienen a propósito para que el interlocutor quede esperando. En fin, pertenecen a la misma categoría de personas que, cuando uno está lejos te hablan por teléfono diciéndote que hay problemas, pero que no quieren contártelos, que lo harán a la vuelta. O bien que se hacen buscar y no se dejan encontrar. Estas personas son también particularmente hábiles en crear sentimientos de culpa. O se hacen las víctimas, o recriminan alguna cosa. Uno tiene constantemente que explicar, justificarse. De este modo ocupan tu mente, te manipulan, te cansan.
Las personas que no terminan las frases, frecuentemente, empiezan también muchísimas actividades que no llevan a término. Preparan todo con mucho cuidado, compran los libros, los utensilios para empezar un trabajo, estudian, hablan del tema, se muestran competentes. Luego pasan a otra cosa. Su casa está siempre llena de cosas, su vida llena de compromisos y de vencimientos impostergables. Los otros deben adecuarse a su paso, a sus ritmos. Nadie puede meter las manos en el caos creado ahora por ellos. Todos deben esperar sus órdenes y sus decisiones. Al no dejar entender qué quieren o hacia dónde van, se sustraen a cualquier crítica. Por otra parte, ya que nunca terminan las cosas, nadie puede decirles que se han equivocado.
Así consiguen, con la reticencia y el desorden, tener poder sobre las personas racionales y constructivas, y las tienen atrapadas en su caprichoso vagabundear.









