El trabajo del jefe

El trabajo del jefe
En la imaginación popular no hay nadie más tranquilo y feliz que un califa. Su poder es total. Vive en un espléndido palacio rodeado de jardines, pasa su tiempo mirando bailarinas o en el harén. De noche, como Harun al Rashid, sale de incógnito para mezclarse con el pueblo y tener nuevas aventuras. No está amenazado por sus enemigos y no tiene problemas que resolver. En la realidad histórica, en cambio, el poder del califa ha sido siempre muy inestable. El derecho de sucesión islámico no preveía la primogenitura, y la sucesión se decidía frecuentemente con una guerra civil entre los diversos hermanos aspirantes al trono. Una vez llegado al poder, el soberano debía defenderlo de las intrigas de palacio y de los enemigos externos.
El poder no es un estado alcanzado de una vez para siempre. Debe ser continuamente reconquistado. Esto vale en cualquier régimen político. Varían las modalidades de conquista, el tipo de amenazas y los instrumentos para conservarlo. En los regímenes tradicionales, en los cuales el poder está fundado esencialmente en la fuerza militar, encontramos en primer lugar la guerra externa y la represión física en el interior. El poder de los emperadores, como el de los califas, de los sultanes o de los señores feudales, era de este tipo. Pero lo mismo sucede con el poder surgido de una revolución. Porque la revolución es una guerra civil, la violencia originaria se prolonga como guerra (pensemos en Napoleón y en Jomeini) o como represión sangrienta (pensemos en Stalin) o en ambas modalidades, como en el caso de Hitler.
En los regímenes democráticos el poder se adquiere con la movilización política, con la propaganda, con el convencimiento, con la manipulación. Los peligros a los que está expuesto son
del mismo orden. Pensemos en Richard Nixon. Había alcanzado el grado máximo de popularidad, pero el caso Watergate lo destruyó.
Es un error, sin embargo, concluir que el poder de un presidente democrático es más frágil que el de un déspota oriental o que el de un dictador. Se enfrenta a peligros de otro tipo, a otra clase de dilemas. Un presidente norteamericano, particularmente, se encuentra constantemente enfrentado al problema de hacer una política exterior que exige un cierto grado de discreción, y al mismo tiempo., no ocultar nada.
El poder, sin embargo, no es precario solamente en el mundo político. Lo es en todos los campos. En el económico, en el del éxito o de la fama. También en estos casos la imaginación popular está sujeta a la misma ilusión de estabilidad que hemos descripto para el califa. Imagina al gran financista como un señor que vive en una lujosa villa, se toma largas vacaciones en un yate, tiene amantes jóvenes y hermosas y dicta unas pocas órdenes apuradas a una hilera de secretarios solícitos. Así, la imaginación popular cree que el actor pasa de una noche de gala a otra, de aventura en aventura. La realidad es radicalmente distinta. El gran financista, el ejecutivo exitoso, están absorbidos por su trabajo. Muchas veces no tienen vacaciones porque no pueden abandonar en manos de otros cuestiones de alto riesgo. Los grandes actores están constantemente ocupados en superar obstáculos de todo tipo. Los escritores están absorbidos por su actividad creadora. Y ésta no termina a una hora determinada, a la noche o en el fin de semana.
En realidad, no existe ninguna actividad humana en la cual podamos confiarnos serenamente a la rutina. Aun la actividad más simple, como estudiar, aprobar exámenes, buscar trabajo, armar una pequeña empresa, requiere una atención y dedicación extraordinaria. Las cosas salen realmente bien sólo si nos sumergimos en ellas, si nos entregamos personalmente, sin escatimar esfuerzo personal. No podemos contar con que los otros hagan aquello que nosotros no hacemos. Cuando queremos alcanzar un objetivo nos damos cuenta de que todos los demás se mueven a una velocidad inferior a la nuestra. El burócrata nos manda de una ventanilla a la otra, nuestros colaboradores siguen su ritmo habitual. Es necesario forzar estas resistencias, sacudir a las personas hasta tal punto que para ellos quedarse quietos se vuelva más pesado que actuar. Esto es, en definitiva, el poder. Este actuar superando las dificultades, evitando las emboscadas, arrastrando
a los más lentos. Esto es así tanto para el presidente de los Estados Unidos como para el artesano.
La imagen popular del califa, o del financista, o del actor que no hacen nada es un sueño. Como lo que hace el que imagina que gana la lotería. Si uno pregunta: ¿qué harías si tuvieses imprevistamente diez millones? La respuesta es siempre la misma: dejaría de trabajar, daría la vuelta al mundo, me daría la “gran vida”. Como estamos cansados, imaginamos la riqueza y el poder como descanso, culminación de todas las preocupaciones, como la llegada al país de Bengodi.
Pero el país de Bengodi no existe para nadie. Y el ganador de la lotería que se comportara de ese modo, bien pronto volvería a ser pobre. Como todos aquellos que en lugar de actuar, esperan, y que en lugar de vigilar, se duermen.