La costumbre
Nosotros estamos construidos, entretejidos con nuestras costumbres. Con esos movimientos, con esos gestos, con esos modos de reaccionar y de pensar que realizamos automáticamente, que no nos dan trabajo.
Cuando pienso en la costumbre, me viene a la memoria la imagen de un gran león que acaba de terminar de comer. Puesto que tiene una digestión lenta y difícil, necesita quedarse recostado largo tiempo, dormitando, y no soporta que lo molesten. Y me vienen a la memoria todos los rutinarios, personas amabilísimas habitualmente, pero que se vuelven fastidiosas y malhumoradas cuando se las saca de su tranquila regularidad.
Las costumbres empiezan todas así, según nuestro cuerpo y nuestra pereza. Y entonces el cuerpo, satisfecho, se recuesta en el bienestar, se dilata, mientras nuestra inteligencia y nuestra voluntad se retiran, se empequeñecen. El hombre rutinario parece tener un cuerpo inmenso y un cerebro pequeñísimo, incapaz ya de sacudirlo. Porque somos nosotros, es nuestra voluntad la que obliga al cuerpo a convertirse en instrumento suyo. Porque somos nosotros, es nuestra voluntad la que obliga a la inteligencia a crecer, a afrontar los desafíos, a resolverlos.
La vida es un proceso continuo de adaptación a situaciones nuevas e imprevisibles. Para sobrevivir, debemos ser capaces de aventurarnos en senderos desconocidos. La enorme mayoría de las empresas fracasan porque no consiguen adaptarse a los cambios del mundo exterior. Nosotros, como individuos, envejecemos física e intelectualmente si no aprendemos a dejar de lado una parte de lo que somos y miramos el mundo desde otra perspectiva. Si no sabemos regenerarnos.
Es algo difícil, fatigoso y doloroso, que nadie afronta si no
es por motivos graves o porque está movido por un gran ideal.
Un motivo gravísimo es el hambre, la desocupación que ha empujado a millones de italianos a emigrar al extranjero y que hoy nos trae a millones de inmigrantes del tercer mundo. Se adaptan a realizar cualquier tarea, olvidan sus costumbres, aprenden las nuestras, así como aprenden nuestra lengua. Cuanto más rápido lo hacen, más probabilidades tienen de sobrevivir, de tener éxito.
Otro motivo es el amor. La persona enamorada se asoma a una nueva vida, quiere renovarse a sí misma y al mundo, está dispuesta a cambiar y pide a la persona amada que haga lo mismo. Y con frecuencia el amor termina cuando empiezan a aparecer las viejas costumbres que, en la fusión entusiasta del enamoramiento, parecen desaparecer.
Un tercer motivo es un ideal. Recuerdo el caso de un personaje importante de nuestro país que, cuando era joven, era gordo, tímido, torpe. Pero quería volverse delgado, simpático, brillante. Lo consiguió, con un esfuerzo de voluntad increíble, con una férrea autodisciplina. Y recuerdo el caso de una mujer que, hasta los dieciocho años, vivió en una casa aislada en el sur, criando cinco hermanos, mientras trabajaba duramente en el campo como bracera, sólo con estudios primarios. Luego se fue a Milán, trabajó, y estudiando de noche cursó la escuela secundaria y la universidad. Llegó a ser auxiliar universitaria y hoy, a los cuarenta años, es una profesional consolidada y una escritora exquisita.
Todos aquellos que han experimentado un cambio tan profundo, por necesidad, por amor, por un ideal, lo han logrado con un trabajo paciente, día a día, dominando las propias costumbres minuto a minuto, como un actor en escena, como una bailarina que modela su cuerpo en la danza. Si se hubieran abandonado a la pura “espontaneidad” se habrían deslizado hacía atrás.
Pero este peligro, en realidad, lo corremos todos. Todos podemos ser reabsorbidos por nuestras costumbres y, para progresar, para ver el mundo con los ojos de un niño, debemos estar listos a combatirlas con absoluta determinación.
paz. Adora el conflicto, la guerra, la destrucción Le da gusto pensar que la sociedad en la que vive esta en crisis, en el borde de fa catástrofe. Está siempre del lado de sus enemigos, quienesquiera que sean.
La mentalidad destructiva, nihilista, aparece en cualquier partido político, porque es un modo de pensar. Basta sólo con comparar cuidadosamente los distintos comentaristas. Los nihilistas son aquellos incapaces de hacer un juicio positivo, de un elogio, de una propuesta constructiva. Muerden, ladran, se indignan, se exaltan en su ferocidad. Las personas de este tipo, en las revoluciones, en los regímenes totalitarios, en las guerras, van a hacer trabajos que congenian con ellos. En la Iglesia, el perseguidor y torturador de los herejes y de las brujas, durante el fascismo el espía del Ovra, en la URSS el comisario político, el funcionario de la policía secreta que persigue a los disidentes y los manda a los campos de concentración.
En una época como la nuestra, democrática, pacífica, sin policías secretas, se inventan un trabajo de perseguidor utilizando todo lo que encuentran. Algunos se desahogan haciendo de jueces inexorables, despiadados. Otros se dedican a actividades financieras de rapiña. En el filme Pretty Woman hay uno de éstos, que goza destruyendo las empresas industriales, despedazándolas, arruinando a sus propietarios.
Muchos están en la delincuencia o tienen relaciones con ella. Otros encuentran un lugar en un periódico desde el cual atacan sádicamente a escritores, intelectuales, artistas. Existen algunos críticos de este tipo que destruyen, con sus palabras, con sus escritos, cualquier obra que cae en sus manos. Y cuanto más valor tenga la persona, cuantos más méritos tenga, más lo golpean, más lo insultan, más lo difaman. No pudiendo desahogar su odio en la pira, lo satisfacen con la calumnia.
Los nihilistas se encuentran en nuestro ambiente, entre nuestros colegas, entre nuestros familiares, entre nuestros falsos amigos. Lo que los asemeja es la total falta de respeto por el trabajo de otro, por lo que ha edificado con cuidado, con dedicación. Ellos lo eliminan con una palabra, con una expresión. Y son felices al verlo sufrir.









