La empresa
Han perdido importancia la nación, el ejército, la iglesia. Están perdiendo importancia los partidos políticos, las ideologías totalizantes, todo aquello que hace tiempo reunía a los hombres en una comunidad compacta, con valores, objetivos colectivos. Crece la libertad individual, la autodeterminación. Pero crece también la necesidad de pertenencia, de ideales. Nosotros somos seres sociales. La estabilidad de nuestro Yo depende de nuestra relación con la sociedad. Necesitamos de los otros, sentirnos unidos, necesitamos un adversario y una tarea. Necesitamos entregarnos por algo que valga la pena.
Si esto es así, ¿qué cosa tomará el lugar de los partidos y de las iglesias en declinación en nuestros corazones? No es la familia, porque se vuelve cada vez más chica, con uno o dos hijos como máximo que luego crecen y quieren hacer las cosas por sí mismos. No los amigos, las vacaciones, las fiestas, los viajes. Todas cosas placenteras, pero que no tienen nada que ver con lo que tiene realmente valor. Están mucho más cerca de esta esfera de valoración las actividades sociales, las actividades voluntarias. Por lo tanto, se puede razonablemente suponer que en un futuro próximo aumentarán las personas que se dediquen a este tipo de actividades.
Pero hay otra realidad social en la que a menudo no se piensa: la empresa. En la tradición cristiana, el trabajo ha sido visto como “el sudor de la frente”. En la óptica marxista, como “venta de la fuerza de trabajo”, en la que el trabajador no ganaba, sino que ganaba el capitalista. En la óptica liberal la relación de trabajo ha sido vista como un contrato, en el que cada uno debe hacer sólo lo que ha negociado.
Pero en nuestra vida concreta el lugar donde trabajamos, nuestro trabajo, es mucho más. Le dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo, gastamos en él nuestras mejores energías, nuestra creatividad. Deberíamos poder sentirlo como una realidad de la que somos una parte esencia.1, y que nos considera esenciales.
Nos maravillamos cuando los japoneses nos hablan de ciudadanía empresarial. A muchos les ha parecido solamente una manera astuta de explotación, una estrategia para anular la lucha de clases.
Pero cuando desaparecen los partidos en las clases sociales, cuando disminuyen los otros campos de solidaridad, ¿no podría ser justamente la empresa un lugar en el cual reconocernos, en el cual expresar nuestra necesidad de pertenencia, de solidaridad, nuestra necesidad de competencia?
¿Es tan errado imaginarlo? Nosotros estamos acostumbrados a pensar en una empresa en la cual la gente sólo va a ganar un sueldo, mientras desconfía de la patronal. Y pensamos en una propiedad que piensa exclusivamente en el beneficio. El prototipo de esta mentalidad está representado por el financista. Para el financista la empresa existe sólo en cuanto puede ser vendida inmediatamente. Pero el verdadero empresario no es así. El se identifica con su empresa, la considera una objetivación de sí mismo y vive entre sus dirigentes y sus obreros como un general en el campo de batalla. Y las empresas que van muy bien son sólo aquéllas en las que hay un gran espíritu de cuerpo, aquéllas que todos quieren afirmar, hacerlas crecer, hacerlas triunfar.
A veces pienso que, en el futuro, sobrevivirán y vencerán sólo las empresas del nuevo tipo, donde funcionan otras reglas sociales, otros modelos de comportamiento, otros valores. Empresas, esto es, que se baten en el mercado, en forma aguerrida, con habilidad, pero que son, al mismo tiempo, comunidades solidarias en las cuales la gente se realiza también moralmente.









