Líderes democráticos y autoritarios

Líderes democráticos y autoritarios
Una de las causas de la decadencia de una clase política, una de las causas de que se deslice lentamente hacia la corrupción, es el modo en que sus líderes recluían a sus colaboradores y la relación que establecen con ellos. Cuando un partido está en sus comienzos, es decir, cuando todavía es un movimiento, la participación surge espontáneamente desde abajo. Acuden de todos lados activistas entusiastas que se reúnen, que discuten, que se entregan de manera generosa. Entre ellos emergen espontáneamente nuevos líderes que constituyen el grupo dirigente que rodea al jefe. En esta etapa histórica el jefe gobierna con consenso. Se queda con sus seguidores, los escucha, discute con ellos, explica y vuelve a explicar cuál es el objetivo y se las ingenia para que la decisión emerja colectivamente y sea compartida sinceramente por todos.
Pero con el pasar del tiempo, la organización crece, el entusiasmo inicial disminuye, se crean posiciones de poder e intereses. En este punto aparece una clara diferencia entre los grandes líderes democráticos y los autoritarios. Una distinción que vale no sólo para la política, sino también para todas las organizaciones públicas y privadas, para las sociedades y para las empresas.
El líder democrático, aun después de haber conquistado el poder, se esfuerza en gobernar con consenso. Hace reuniones en las que todos logran expresarse y en las que aprenden a colaborar. Deja emerger los desacuerdos, luego los atenúa y los hace combinar. Conoce personalmente a todos, tiene relaciones personales con todos. Se apoya en los más generosos para controlar a los más ambiciosos. Poco a poco selecciona a los más capaces.
Los líderes autoritarios, en cambio, apenas pueden, no reúnen más a los cuerpos colegiados. No pierden más tiempo en
convencer y explicar. Concentran en sus manos todas las decisiones. Se rodean de personas que obedecen prontamente. Interrumpen las relaciones con sus compañeros de antes, sobre todo con aquellos dotados de una gran independencia de juicio. En este punto empiezan los problemas porque, al eliminarse todas las críticas, se convencen de que siempre tienen razón. Se altera así su sentido moral y terminan por cometer acciones incorrectas con la ayuda de personas —verdaderos sicarios— que luego adquieren sobre ellos un verdadero poder de extorsión porque conocen todos los secretos. Para tenerlos tranquilos están obligados a dejarlos actuar, y éstos difunden la corrupción por todos lados.
Es impresionante ver cómo aun las personas más inteligentes, más capaces, cuando alcanzan una posición de poder indiscutible tienden a olvidar el método de consenso y se inclinan por el autoritario, puesto que tomar las decisiones solos es más simple, más rápido, menos cansador. Considerando a los otros sólo como medios, el déspota se convence, además, de que tiene todo el mérito y se siente más grande, más alto, un ser superior.
En realidad, toda gran empresa es siempre una obra colectiva que sale mucho mejor cuanto más numerosas son las inteligencias que colaboran, los ojos que vigilan, las informaciones que circulan, cuanto más fuerte es la motivación de todos hacia el objetivo. El líder dirige, guía, estimula este proceso, pero él mismo es parte, expresión. Si se olvida de ser un componente, de desempeñar una función, por elevada que sea, pierde el contacto con la realidad y, entonces, su razón de ser. El último acto de despotismo —lo hemos visto en Napoleón, en Hitler, en Mussolini, en los tiranos del imperio soviético— ha sido siempre cumplido bajo la insignia de la soledad y de la locura.