Para ponerse en evidencia

Para ponerse en evidencia
Todo ser humano busca que lo aprecien. O por lo menos busca existir, afirmar la propia existencia, impedir que sea ignorada. Lo vemos desde temprano entre los niños que, cuando se sienten descuidados, atraen la atención con el llanto. Al crecer aprenden otros modos de afirmarse. En un grupo escolar está el que se distingue por su amabilidad y su cortesía, aquel que se impone por su valentía, y por último el que se afirma con las bromas, las payasadas y las burlas; también aquel que hace gestos y muecas en una foto grupal. Los jóvenes a menudo usan el ruido, los alaridos. Llenan el espacio, lo invaden. A veces con el ruido de una motocicleta pequeña que lastima el silencio del valle.
Lo que vemos con claridad en los niños, se nos escapa en los adultos. Porque el adulto ha aprendido a esconder la estrategia para afirmarse a sí mismo tras acciones aparentemente racionales. Veamos, estamos en un hospital. A las seis de la mañana llegan las enfermeras, hablando en voz alta, abren las ventanas, golpean las puertas. En los hoteles decadentes los camareros hablan en los pasillos, gritan. En la calle los obreros se gritan desde la planta baja hasta el quinto piso. Todos afirman la propia importancia por encima de los clientes, de los transeúntes, de ustedes. Si alguien se queja, le contestan indignados: “Pero yo estoy trabajando”. El trabajo es su cobertura.
A veces el ruido se transforma en lucha doméstica, como en esa historia verídica que terminó en divorcio. El era un intelectual que trabajaba en su casa. Ella era una mujer de carácter, a la que le molestaba verlo siempre inclinado sobre los libros. Entonces, sin casi darse cuenta, hacía un ruido endiablado en la cocina. Se le rompían continuamente los platos, los vasos, se le caían las sillas. Con el ruido le mostraba que su actividad era tan importante como
su estudio. La persona que tiene una actitud profesional es discreta. El camarero profesional se desliza silencioso detrás de los clientes, llena las copas en forma invisible. La doméstica incapaz, en cambio, entra saludando como una corista. Su objetivo no es servir, sino mostrar su persona. Seguramente le ha tocado a usted ser huésped de una dueña de casa extremadamente solícita, ceremoniosa, pero que no lo deja en paz ni un momento. Si está usted concentrado en una conversación interesante, llega con algo de beber o de comer e insiste calurosamente para que lo pruebe. O bien va y se lleva a alguien para arrastrarlo a otro lugar. Lo que importa es que ella vuelva a ser el centro de la atención.
En todas las fiestas el público se divide en actores y espectadores. Pero luego cambian los papeles. El que hablaba antes, ahora se calla y le toca al otro. Pero hay algunas personas que no saben escuchar en absoluto. O hablan, o actúan siempre ellas, o se cansan, se ponen inquietas y se van. Cuando hay dos personas de este tipo estalla, inevitablemente, la competencia, que a menudo es desleal. Una vez en una fiesta habían invitado a un poeta refinado y famoso. Pero tenía como competidor a un comerciante de antigüedades que se puso a leerles las cartas a las damas con alusiones audaces. En poco tiempo todas las mujeres lo rodeaban con gritos de excitación. ¡Victoria!